22 de septiembre

Jesús se complace en comunicarse a las almas sencillas; esforcémonos por adquirir esta hermosa virtud, tengámosla en gran aprecio. Jesús dijo: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Pero antes de enseñarnos esto con palabras, lo había practicado él mismo con los hechos. Se hizo niño y nos dio ejemplo de aquella sencillez que después enseñó también con palabras. Desterremos de nuestro corazón la prudencia humana, teniéndola muy lejos del mismo. Esforcémonos por tener siempre una mente pura en sus pensamientos, recta en sus ideas, siempre santa en sus intenciones.

Mantengamos siempre una voluntad que no busque otra cosa que a Dios y su gloria. Si nos esforzamos por avanzar en esta hermosa virtud, el que nos la enseñó nos enriquecerá siempre con nuevas luces y con mayores dones celestiales.

Tengamos siempre ante los ojos de la mente nuestra condición de sacerdotes y, hasta que no lleguemos a decir con san Pablo a todos, sin miedo a mentirles: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo», no dejemos de progresar continuamente en esta hermosa virtud de la sencillez.

Pero no daremos un solo paso en esta virtud, si no intentamos vivir en una paz santa e inalterable. Dulce es el yugo de Jesús, su peso ligero; por eso, no dejemos al enemigo que se insinúe a nuestro corazón para arrebatarnos esta paz.

(10 de julio de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 606)

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