16 de septiembre

¿Dónde, Señor, podré servirte mejor que en el claustro y bajo el estandarte del Pobrecillo de Asís? Y Él, viendo mi turbación, sonreía, sonreía por largo tiempo; y esta sonrisa dejaba en mi corazón una dulzura inefable; a veces lo sentía verdaderamente a mi lado, me parecía ver su sombra; y mi carne, todo mi ser, se alegraba en su Salvador, en su Dios.

Y yo entonces sentía dos fuerzas dentro de mí, que luchaban entre sí y que laceraban el corazón. El mundo, que me quería para sí, y Dios, que me llamaba a una vida nueva. ¡Dios mío!, ¿quién podrá manifestar ahora aquel martirio interno que tenía lugar en mí?

El solo recuerdo de aquella lucha intestina, que se daba entonces dentro de mí, hace que se me hiele la sangre en las venas, y eso que han pasado ya, o están por pasar, veinte años.

¡Sentía la voz del deber de obedecerte a ti, Dios verdadero y bueno! ¡Pero los enemigos tuyos y míos me tiranizaban, me dislocaban los huesos, me escarnecían y me contorcían las vísceras!

Quería obedecerte a ti, mi Dios, mi Esposo. Este era siempre el sentimiento que primaba en mi mente y en mi corazón; pero, ¿dónde reunir las fuerzas que pudieran aplastar, con pie firme y decidido, primero los falsos halagos y después la tiranía de un mundo que no es tuyo?

(Noviembre de 1922, a las hermanas Campanile, Ep. III, 1005)

 
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