19 de marzo
El demonio, querido padre, continúa haciéndome la guerra; y, por desgracia, no parece que se quiera dar por vencido. En los primeros días en que fui probado, confieso mi debilidad; casi estaba desanimado; pero después, poco a poco, pasó la melancolía y comencé a sentirme un poco más animado. Después, al orar a los pies de Jesús, me parece que ya no siento ni el peso de la fatiga que me causo al vencerme cuando soy tentado, ni la amargura de las tentaciones.
Las tentaciones que se refieren a mi vida en el siglo son las que más me llegan al corazón, me ofuscan la mente, me producen un sudor frío y –me atrevo a decirlo– me hacen temblar de pies a cabeza. En esos momentos los ojos no me sirven más que para llorar; y, para consolarme y animarme, debo pensar en lo que usted me va indicando en sus cartas.
También al subir al altar, ¡Dios mío!, sufro los mismos asaltos del demonio; pero tengo conmigo a Jesús y, ¿Qué podré temer?
(19 de marzo de 1911, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 215)