• 8 de noviembre

Siento que el terreno que piso cede bajo mis pies. ¿Quién afianzará mis pasos? ¿Quién sino tú, que eres el báculo de mi debilidad? ¡Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí! ¡No me hagas experimentar nunca más mi debilidad!

¡Tu fe ilumine una vez más mi entendimiento, tu caridad encienda mi corazón, atormentado por el miedo a ofenderte en la hora de la prueba!

Dios mío, ¡qué hiriente es este atroz pensamiento, que nunca me abandona! Dios mío, Dios mío, ¡no me hagas anhelarte más! ¡Ya no soy capaz de razonar!…

Padre mío, ¡perdóneme! Yo ya no logro ordenar mis ideas. Si no hubiera sido interrumpido en este punto, quién sabe adónde habría ido a parar. Sin advertirlo, habría puesto a dura prueba su paciencia.

Tenga la bondad de escuchar cómo es mi situación actual, que le prometo narrar con brevedad. La batalla se ha reanudado con más crueldad. Desde hace muchos días mi espíritu está inmerso en las más densas tinieblas. Debo reconocer que me hallo en la incapacidad más absoluta de practicar el bien; me encuentro en un abandono total: son muchas las molestias en el estómago espiritual, es grande la amargura que siento en la boca interior, que hace que hasta el vino más dulce de este mundo me resulte amargo.

(8 de noviembre de 1916, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 836)

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