27 de septiembre
Cuántos cortesanos van y vienen cientos de veces ante el rey, y no para hablarle o para escucharlo, sino sencillamente para ser vistos por él y, de este modo, manifestarse como sus fieles servidores. Este modo de estar en la presencia de Dios, únicamente para expresarle con nuestra voluntad que nos reconocemos siervos suyos, es muy santo, excelente, puro y de una grandísima perfección. Él hablará contigo, paseará en tu compañía cientos de veces por las sendas de su jardín de oración; y si esto no sucediera nunca –lo que se puede decir que es imposible, porque a este padre tan tierno no le aguantará el corazón ver a su creatura en perpetua fluctuación–, conténtate con ello, pues nuestra obligación es la de seguirle, considerando que para nosotros es un honor y una gracia muy grande el que Él nos tolere en su presencia.
De esta manera no estarás inquieta por hablarle, porque el otro modo de estar a su lado no es menos útil, o quizá incluso lo es mucho más, aunque nos agrade menos. Por tanto, cuando te encuentres junto a Dios en la oración, reflexiona en esta verdad; háblale si puedes; y, si no puedes, detente allí, hazte ver y rechaza otras preocupaciones.
(23 de agosto de 1918, a las hermanas Campanile, Ep. III, 979)


