25 de septiembre

Las sombras que invaden tu espíritu no son otra cosa que efecto de la luz refleja que se aleja de tu alma. Pero el Señor ha hecho que a esa luz refleja suceda otra luz mucho más viva e intensa; y esta luz no es distinta o, mejor, es la misma que un día debe unir en matrimonio celeste a la criatura con su creador.

No debe maravillarte si esta altísima luz produce efectos diversos y, estoy por decir, casi contradictorios, porque no depende de las distintas disposiciones y de los distintos estados del alma en la que esto se está realizando. En un primer momento, esta luz penetra en el alma y la deja en un estado de sufrimiento, porque descubre manchas que ella jamás había visto; y sólo allá arriba habría visto las que ve también ahora.

Muchos son los motivos por los que el alma se encuentra así de apenada; pero, de entre ellos, sobresale uno que es el que más atormenta a esta predilecta de Dios. El alma, apenas es traspasada por esta luz altísima, ve a Dios, no ya como padre amoroso, sino como juez rigurosísimo. Y, lejos de ser acusada por Dios, ella misma, toda llena de terror, se inculpa a sí misma, única y sola causante de tan gran desventura.

(Marzo de 1916, a Margherita Tresca, Ep. III, 167)

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