17 de septiembre

¡Tú lo sabes, Señor, las amargas lágrimas que yo derramaba delante de ti en aquellos días luctuosísimos! Tú lo sabes, Dios de mi alma: los gemidos de mi corazón, las lágrimas que bajaban de estos ojos. Tú tenías la prueba incontestable de aquellas lágrimas y de lo que expresaban, de almohadas que quedaban empapadas. Deseaba y siempre quería obedecerte, pero la vida me capturaba. Quería morir antes que dejar de responder a tu llamada.

Pero tú, Señor, que hiciste experimentar a tu hijo todos los efectos de un verdadero abandono, te levantaste al fin, me extendiste tu mano poderosa y me llevaste al lugar adonde ya anteriormente me habías llamado. Te sean dadas, Dios mío, infinitas alabanzas y acciones de gracias.

Tú aquí me escondiste a los ojos de todos; pero ya desde entonces habías confiado a tu hijo una misión grandísima, misión que sólo por ti y por mí es conocida. ¡Dios mío, Padre mío!, ¡¿cómo he correspondido a esta misión?!

No lo sé. Pero sé solamente que quizá debía haber hecho más, y este es el motivo de la actual inquietud de mi corazón.

Inquietud que siento que se va agigantando dentro de mí en estos días de retiro espiritual.

(Noviembre de 1922, a las hermanas Campanile, Ep. III, 1005)

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