28 de agosto
El temor, que tú dices tener, a causa de los pecados cometidos, es ilusorio y un verdadero tormento que te lo provoca el demonio. Además, ¿acaso no los has confesado ya? Entonces, ¿por qué temes? Déjale a ese triste cosaco que se vaya de una vez, abre a Jesús tu corazón lleno de una santa e iluminada confianza, y cree que él no es aquel cruel justiciero que ese obrador de iniquidad te pinta, sino el Cordero que quita los pecados del mundo, intercediendo con gemidos inefables por nuestra salvación.
(29 de marzo de 1914, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 60)


