Indice
IV. Preciosa dulzura del amor a María
Por lo que dijimos, resalta con claridad que, después del amor de Dios no puede existir amor más justo, más bello, más santo, que el amor de María. Lo que significa que el amor de María es el más precioso. Eso debe decirse del amor de María considerado en sí mismo. ¿Qué decir luego del amor de María considerado en sus efectos? ¡Cuán precioso debe ser el amor de Maria en ese aspecto! Ella, a semejanza de Dios, ama a quien la ama, y ama más a quien la ama más. En consecuencia, ¿será posible que no deriven grandes beneficios a quienes amándola son amados, y amando mucho, son muy amados por la Reina de cielo y tierra, por la Tesorera y Dispensadora de todas las gracias, por la Madre de Dios? Dichoso el que ama a María, más dichoso quien más la ama a María.
Frutos maravillosos le provendrán del amor de María. Precioso le resultará el amor de María. Si María nos ama, ¿Cómo podrá faltarnos algún bien? ¿Puede ser que nos falte alguno de los bienes deseables?
Amemos pues y amemos mucho a María.
Dulce es además el amor de María. La dulzura del amor no se prueba con argumentos y razones, se experimenta con el gusto interior. Habladme vosotros, amantes de María, de la dulzura de su amor. Pero, ¿es que podéis expresar esa dulzura? La gustáis, disfrutáis de ella, tenéis el corazón lleno de felicidad por esa dulzura, que sin embargo no podéis expresar. Cuando vuestro corazón os dice que ama a María, y sentís en él las suaves deliciosas emociones de su amor, no sólo estáis convencidos, sino muy bien seguros de la dulzura del amor de María.
Decís entonces: ¡Qué dulzura amar a María! Y quisierais clamar a todo el mundo: AMEMOS, AMEMOS A MARÍA