7 de octubre

El alma que no ama a Dios no se preocupa de Dios, no experimenta en absoluto el temor de no amar a Dios, no se angustia pensando en Dios con el deseo sincero de amarlo; y si por casualidad alguna vez le viene a su mente el pensamiento, la idea de Dios, verás que enseguida, o casi enseguida, aleja la idea de su pensamiento.

Consuélate, te repito, porque, mientras tú temas no amar a Dios, y temas incluso ofenderlo, tú ya lo amas, tú ya no le ofendes de ningún modo. ¡Oh!, ¡quisiera el cielo que todas las almas sintieran el temor que tú sientes, desaparecería de la faz de la tierra la ofensa al Señor! ¡No se vería ya a tantas almas que caminan privadas del amor a Dios! Si fuera así para todas las almas, ¿me creerías?, nosotros perderíamos el concepto de almas privadas del amor a Dios, perderíamos hasta el concepto del pecado en la criatura humana, y todo esto lo contemplaríamos sólo en aquellos espíritus angélicos desgraciados que cayeron y fueron privados de su dignidad.

(4 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 368)

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