- 1 de abril
La misericordia de Dios
Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina, cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar, en sus respectivos tiempos, la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada, tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.
Y, para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin que haya palabras que puedan explicare su humillación y descenso hasta nuestra realidad, se dignó, mediante su encarnación, a convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros que éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo nos viéramos llamados a ella.
Pues no solo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros, sino que, habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte –como si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa–, nos liberó, mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos y, en fin nos aconsejó, con múltiples enseñanzas, que nos hiciéramos semejantes a él, imitándolo con una condescendiente benignidad y una caridad más perfecta hacia los demás.
(San Máximo Confesor, Carta 11)